Inicio > Jardines de la sal

En la antigüedad, la sal era un elemento escaso y valorado, hasta tal punto que era utilizada como moneda. Los soldados romanos recibían una paga en granos de sal, este es el origen de la palabra “salario”. La sal se empleaba para conservar alimentos y evitar la deshidratación causada por altas temperaturas o la actividad física intensa.
La explotación de salinas ha tenido gran importancia en el Archipiélago canario. Inserta en el entramado socio-económico de las Islas, la actividad se constituía en un elemento no sólo de generación de empleo, sino en un medio de conseguir una cierta vertebración económica y social.
El desarrollo de las Salinas canarias estuvo históricamente vinculado a la pesca de Berbería, como es el caso de Gran Canaria a principios del XVII o al auge de la industria conservera en Lanzarote después de la Guerra Civil. En el Archipiélago canario llegaron a concentrarse 56 salinas con una actividad fructífera y rentable.
Algunas salinas como las de Janubio (Lanzarote), Fuencaliente (La Palma), Tenefé y Playa de Vargas (Gran Canaria), son los últimos referentes de esta actividad salinera artesanal, que a medida que van desapareciendo, se va perdiendo todo un patrimonio ambiental, cultural, histórico y humano.
No puede negarse sin embargo, el indudable valor que desde el punto de vista paisajístico, medioambiental e incluso cultural presenta la explotación salinera. En una economía como la de Canarias, fuertemente dependiente del turismo, tales valores conllevan importantes repercusiones económicas: nos encontramos con beneficios que van más allá del proceso productivo y de comercialización.
Las salinas son lugares idóneos para la observación de gaviotas, charranes y sobre todo limícolas. Además, son los mejores lugares para la reproducción del chorlitejo patinegro y la cigüeñuela común.